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SALIENDO DE NUESTRO JERUSALÉN

¿Dónde está mi prójimo?

 

¿Y quién es mi prójimo?

En pleno verano austral llegamos aquí, al frío, a la lluvia, a lo desconocido. Todos distintos, con distintas vocaciones, y todos con la misma inquietud, con la misma llama en nuestro corazón: ¿dónde están las víctimas?, ¿qué necesitan de nosotros? No nos conocíamos entre nosotros, nos observábamos con precaución... salíamos de nuestra zona de confort, de nuestro lugar de poder, de nuestro Jerusalén.

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó” y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto”

En el camino habíamos visto, a lo lejos, a los golpeados, los desnudados, los despojados… y no era uno, eran muchos y muy distintos. Unas víctimas habían sufrido directamente en su carne, otras constataron que les habían alcanzado los golpes cuando sintieron el dolor.

Pasaron por el mismo camino algunos que no quisieron ver y otros optaron por evitar su presencia ¿No está la Vida Consagrada medio muerta, golpeada, en el camino…. Asfixiada por la inercia de un orden inamovible y unas tradiciones incuestionables, deshabitadas? ¿cuántas veces laicos y religiosos/as, sacerdotes, hemos intentado apartarnos del camino, cuántas veces hemos exigido que nos lo limpiaran, para que pudiéramos transitar hacia lo “supuestamente puro” con libertad y seguridad?

“Y viéndolo, se compadeció de él”.

Y nosotros nos encontramos en ese camino con las víctimas y no quisimos abandonarlas. Sin embargo, pensábamos que, con nuestra ciencia, nuestra formación, nuestra historia, nuestra sabiduría, con nuestras distintas vocaciones bastaría para atender a las víctimas y tampoco era así. ¡Bastante ingenuos éramos! Descubrimos que sólo podíamos acercarnos a ellas si nos poníamos a su altura, si nos bajábamos hasta su dolor, conociendo y reconociendo que eran personas como nosotros.

Sólo podemos conocer cuál es su dolor, su sufrimiento, cuando somos capaces de acompañarlos, cuando nos atrevemos a mirarlos cara a cara y les ofrecemos nuestra mano para que puedan salir del daño infligido. Y esta tarea nos compete a todos, laicos, religiosos y sacerdotes, mujeres y varones. Sólo se requiere ver con la mirada humana a quien es igual que nosotros.  

“Se acercó”.

Nos hemos aproximado a los heridos, los hemos visto de cerca, los hemos mirado con ojos de misericordia y hemos descubierto que su realidad era parte de un sistema de poder contaminado. Acercarse, supone eliminar las distancias, arriesgarnos a mancharnos, a contagiarnos, a perder nuestra supuesta pureza, a descubrir que nosotros también estamos heridos, golpeados, débiles y vulnerables. Y que, además, necesitamos acercarnos los unos a los otros, sentarnos a la misma mesa de la Palabra y la compasión, acortar las distancias.

“Le vendó las heridas y se las curó con vino y aceite”.

Curar es proteger, prevenir, acoger, aliviar. Igual que si la relación se pervierte, aparece el abuso, sólo en la relación se encuentra el alivio, la curación y la transformación. No hay nada más terapéutico que la caricia, la aceptación, la contención, el apoyo, el dar la mano, y expresar que eres importante, que puedes avanzar, que tienes dignidad y yo te la respeto.

“Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó”.

Hacernos cargo significa ser synodoi, según su acepción más antigua de compañeros de camino. Juntos, aprendemos a escuchar, nos animamos a hacernos preguntas, aprendemos a esperar la respuesta, a agudizar la sensibilidad. Como dice Pablo, “Cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre con él”. Reconocer que caminamos con esos dolores, que la Vida en abundancia nos viene de ahí -precisamente-, del dolor transformado de los miembros que sufren (o que sufrimos).

“Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento”.

Pagar es arriesgarse, entregarnos, donarnos sin cálculo, sin esperar nada a cambio. Es esta una tarea en la que, además de comer cotidianamente el pan del dolor de las víctimas, encontraremos los sinsabores de aquéllos, nuestros hermanos y hermanas, de nuestras mismas comunidades, que no comprendan la gran necesidad de trabajar en favor de la prevención y la reparación. Pero nuestro camino ya no puede ser ajeno al de las víctimas. Sus heridas son muy profundas, pero la misericordia de Dios es mayor: ahí está el tesoro. Todo nos lo inunda y todos nuestros recursos, presentes y futuros, están invertidos allí.

“Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”.

En este encomendar a otro, al posadero, encontramos un símbolo de que solos no podemos y que, además, no podemos hacerlo todo, que necesitamos complementarnos, enriquecernos, trabajando en equipo, en red, codo a codo, sabiendo que adonde yo no llegue, un compañero/a recogerá mi testigo. Y no es sólo distribuirnos tareas y funciones, es compartir. En estos meses, pudimos hacer la experiencia de aprender los unos de los otros, quedaron más de manifiesto nuestros propios límites y eso nos hizo más humildes, aceptando que la humildad es andar en verdad. Hoy el trabajo en red no es ya para nosotros un slogan, sino una necesidad vital, porque también nosotros somos vulnerables y necesitamos las redes que nos sostengan.

“Cuando regrese”.

Cuidar es un verbo femenino, lento, acariciador, que contrasta nuestras prisas y nuestra ansiedad por los resultados inmediatos. Le da calidez a nuestras relaciones comunitarias, rompe nuestras defensas y nos hace inventar gestos de ternura. Otro aprendizaje que queremos destacar de este tiempo compartido es descubrir la importancia del proceso: gradual, paciente, comprometido, mistagógico. Un proceso que no es lineal ni siempre en subida, sino que es espiralado, que nos va abrazando a todos, víctimas primarias y secundarias, agresores, ministros de la prevención, y, como en movimientos envolventes, nos va comprometiendo más y más con la libertad del otro y su cuidado. Y en este proceso, es la relación lo que nos hace no olvidar y volver, nos saca de nuestro narcisismo y autorreferencialidad para convertirnos a laicos/as, religiosos/as y sacerdotes en verdaderos “ministros”, servidores del Reino. Es la relación, la que activa la memoria y nos ayuda a comprenderla como historia de salvación.

Y volvemos sí, pero de otra manera, conscientes de que el dolor de las víctimas nos evangeliza al interior de nuestras comunidades y de la gran comunidad que es la Iglesia. Volvemos sin respuestas acabadas y cerradas y, sin embargo, con preguntas:

- ¿Cómo podemos aceptarnos plenamente como seres humanos?

- ¿Cómo podemos establecer nuevas relaciones que gesten vida y no muerte?

- ¿No habremos puesto escalones demasiado altos para poder entrar en nuestras iglesias?

- ¿No deberíamos tener menos muros opacos y más espacios verdes para encontrarnos de igual a igual?

- ¿Cómo debería ser nuestra formación inicial y permanente, estructurada y sistemática, fundamentada y orientada, de cara a las víctimas?

- ¿Cómo podemos hacer que, en nuestras iglesias, entre la luz del mundo, la lluvia de la purificación, el viento de la renovación, el murmullo de nuestros debates, el dolor de las víctimas, el llanto de los arrepentidos?

- ¿Cómo podemos, en comunión, estar atentos al Espíritu de Dios?

 

¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?. El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.

Y ahora los invitamos a todos a unirse con el corazón en esta oración que creemos, recoge aquello de lo que está lleno nuestro corazón, al terminar este diplomado: gratitud y deseo de entrega.

 

Eterno Señor de todo lo Creado,

Te damos gracias por haber sembrado en nuestro corazón

la capacidad de escucha, para vencer nuestras seguridades,

la duda para interrogarnos,

la compasión, como criterio para actuar

la esperanza, como compañera de camino.

 

Padre Misericordioso,

te pedimos que nos fortalezcas

para vencer nuestros miedos y temores ante el mal.

Ayúdanos a conservar la amistad,

aunque estemos dispersos sobre la tierra,

para trabajar juntos en la tarea

de restaurar la dignidad de las víctimas.

 

Concédenos la humildad para reconocer

que todo éxito en nuestro trabajo y nuestros proyectos

sólo depende de Ti.

Que, cuando nos tiemblen las piernas,

oremos en busca de tu consuelo y de tu voluntad

para mejor servir y ayudar a las víctimas

 

Señor Dios, Creador de todas las criaturas,

nos ofrecemos a Ti para entregar la vida

en el servicio a los más vulnerables.

Para servir allí donde nos necesites.

Para dar testimonio de tu amor

allí donde exista el dolor y la oscuridad.

 

Concédenos tu Gracia.

Inunda de Amor todas nuestras experiencias.

Desborda de Bondad nuestros corazones,

que cuando veamos tu rostro,

descubramos que siempre te hemos conocido

porque habitabas en los humildes y en las víctimas.

 

Que podamos reconocer que todo lo que en esta tierra,

vivimos de amor verdadero, era más tuyo que nuestro.

Que, al amarte a Ti, amemos nuestra humanidad.

 

Itinerario espiritual del diplomado en español

Protección de menores y adultos vulnerables

Febrero-Junio 2021

 

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