Fiesta de Nuestro Padre San Francisco

“…Ilumina las tinieblas de mi corazón, dame fe recta…”

Queridos hermanos. Paz y Bien

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de estar en la Porciúncula con los hermanos capitulares de la Orden. Y, mientras celebrábamos la liturgia, pensaba en el proceso de conversión de Francisco. Concretamente, en el encuentro que Francisco tiene con el Cristo de san Damián.

Pensaba en lo que estaría cruzando por la mente del poverello en sus días de búsqueda. Él, según nos cuentan los biógrafos, estaba pasando por un momento de oscuridad, de tinieblas, ahogo, llanto, etc; estaba hasta el borde, hasta la coronilla - como decimos nosotros-, con lo que sucedía en el interior y alrededor suyo. No encontraba respuesta a su inquietud. Le desbordaba el tema de la búsqueda de felicidad y sentido a la existencia. Las estructuras sociales, políticas y religiosas de aquel tiempo no ayudaban mucho a vislumbrar una esperanza de seguridad en su vida. Ellas, por el contrario, estaban al borde del colapso: indiferencia, vida laxa,  acomodamiento y lucha por el poder son el pan de cada día. No hay respuesta a los desafíos del Evangelio. El panorama resulta oscuro, frívolo y desencarnado. En una palabra, “no hay horizontes…”

Francisco de frente a esta realidad, pide luz. Grita desesperado a voz en cuello “…ilumina las tinieblas de mi corazón…” ¡Quién puede escuchar  la angustia e impotencia de un hombre desesperado, prisionero de un ambiente hostil e indiferente!  Nadie más que el crucificado, solitario y desnudo, que está abandonado en una capilla en ruinas… Francisco, se siente identificado, en su desnudez y abandono. Se siente escuchado, amado. Se despierta en Francisco la pasión por el Evangelio. Su vida pasa de la postración a la movilidad, de oscuridad a la luz, de la tristeza a la alegría.

En nuestros días sucede lo mismo. Hay tinieblas que cubren el horizonte. Desestabilidad económica provocada por la corrupción y la búsqueda de poder, indiferencia ante el dolor y pobreza de muchos, silencio sonoro de una Iglesia apagada, recelosa y permisiva, etc. ¿Quién escucha estas realidades? ¿Quién grita, quién se plantea lo que Francisco?

La respuesta está en nuestro corazón… Necesitamos de un encuentro transformador con Jesucristo que ilumine nuestro rostro, que provoque luz.

Francisco además de pedir luz, pide fe, “…dame fe recta…” Necesita creer. Reconstruir su vida frágil y rota. Sabe que sin este elemento esencial de la vida cristiana, no puede emprender el camino y sobre todo, sostener un proyecto que le ha sido encomendado. “Repara mi Iglesia que amenaza a ruina”. Si Francisco no da el salto al horizonte de la fe, se queda reparando capillas en ruinas, cuidando patrimonios o acomodándose y posiblemente muriendo junto con ellas. El salto cualitativo a la fe, gracia de Dios, permite a Francisco, renovar el espíritu de comunión de una iglesia marchita, anoréxica y pálida. Ha encontrado sentido al proyecto evangélico propuesto para él y sus hermanos.

En nuestro proceso de consagrados, necesitamos, también, experimentar lo que Francisco experimentó. Lo que él vivió. La Iglesia, en la persona del santo Padre, Benedicto XVI, nos invita este año a renovar nuestro camino de fe. Nuestro Ministro General, Mauro Jöhri, al concluir el LXXXIV Capítulo General, nos pedía a los hermanos menores capuchinos, ser signos de renovación, volviendo al espíritu primigenio que transformó la vida de Francisco,  y con él, la transformación de la Iglesia y sociedad.

Tenemos una tarea importante.

Al interior de nuestras fraternidades, aprovechando la fiesta de N. P. Francisco, dediquemos tiempo prudente a la contemplación de Jesucristo en el sagrario. Llevemos a su presencia las necesidades personales y comunitarias. Abrámosle el corazón, manifestando con sinceridad nuestro anhelo deseo de ser mejores.

Como lo hizo Francisco, pidamos a Dios, nuestro Padre bondadoso, que fortalezca el deseo de compromiso con el evangelio.

Arreglemos nuestras capillas  con signos visibles a los ojos. Preparemos bien nuestras liturgias con cantos, espacios de silencio prolongados y, diálogos que enriquezcan la vivencia de la fe. En una palabra. Que haya ambiente de alegría y fiesta.

Que el Señor Jesús, nuestro Maestro, nos haga conscientes de su proyecto evangélico y que respondamos con alegría a los desafíos de este mundo necesitado de testimonio y compromiso.

¡Feliz Fiesta hermanos!

 

 

Fraternalmente,

Hno. Vicente Quisirumbay, OFMCap.

Ministro Viceprovincial

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