El Niño Jesús nace

donde hay un ardiente corazón

 

Queridos hermanos:

Me dirijo a ustedes con esta sencilla reflexión para que juntos podamos acoger el Misterio insondable de Dios en su Encarnación. Estamos llamados todos a contemplar a Jesús Niño que nace en la realidad de nuestro mundo, de nuestro Carisma y en nuestra propia vida. Tan sólo necesitamos abrirle nuestro pobre corazón. Con sencillez y alegría vivamos la Navidad en familia.

 

Realidad que nos interpela

Hace unos días, veía un programa de televisión a propósito de la Navidad. Se trataba de un breve reportaje  sobre la realidad dura de los ancianos en varios sectores de Guayaquil. Ancianos necesitados de afecto y cercanía. Llamaba mucho la atención cómo aquellos hombres y mujeres se quejaban de soledad y abandono, sus familiares los habían llevado a un asilo para posteriormente abandonarlos y olvidarse de ellos. ¡Qué realidad más dura, la de estos pequeños! La única seguridad y consuelo para ellos es la compañía de Dios. “Todos nos han abandonado.  Hasta nuestros propios hijos se han olvidado de nosotros; solamente Él, nuestro Señor, no nos abandona jamás…” decía una anciana en el reportaje. Este ejemplo es sólo uno más de los muchos que hay en nuestro mundo.

Mientas continuaba viendo el programa, pensaba en mi interior: “El Niño Dios nace con seguridad en los corazones de estos ancianos. Dios ha venido a ellos. Ellos son los privilegiados del Reino. No se puede dudar de esta realidad evidente”. Pero también brotaba este interrogante: ¿nacerá el Niño Dios en los corazones fríos y desalmados de esos familiares capaces de abandonar a sus propios padres? No sabía qué responder. Muchas dudas resonaban en mi interior.  Sin embargo, más allá de todas las contradicciones y abandonos, creo profundamente que Él viene por ellos, para encarnarse y crear solidaridad en su realidad más herida. Pensé en sus realidades personales: desintegración afectiva, heridas, traumas, maltrato, etc. No me atrevía a responder con seguridad y certeza sobre esta situación.

Esto mismo se da a diario en nuestro mundo: Realidades de dolor a cada paso; rostros endurecidos por el agobio y la exclusión; familias desintegradas; niños abandonados; ancianos en soledad; jóvenes atrapados en los vicios, etc. La brecha entre ricos y pobres se extiende cada vez más. Los excluidos, pobres - “desechables”-, indignados y, una lista larga de marginados de nuestra sociedad claman justicia y solidaridad. ¿Qué hacer..?  ¿Qué decir.? ¿A quién acudir?

 

La Palabra de Dios nos ilumina

María, la mujer de ardiente corazón, la llena de gracia, en medio de la exclusión en la que vive experimenta la visita amorosa de Dios. Es la presencia sencilla del Dios que se fija en los pequeños. Es ella entre tantas mujeres de Israel la escogida para llevar adelante el proyecto reconciliador de Dios con la humanidad. ¡Qué sorpresa más grande! La pobre María, turbada y casi sin reacción, acoge en su seno y tras un sí generoso al Salvador del mundo. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra…” (Lc 1,38). Qué corazón más grandioso el de María.

Jesús, de ardiente corazón, el Mesías, con palabras alentadoras nos hace tomar conciencia del paso del Dios misericordioso por este mundo, del lugar privilegiado de Dios que está en los sencillos, de la Voz de los que no tienen voz, del consuelo de los desconsolados, de la alegría de los tristes: “el espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

Jesús, nos trae la buena noticia de que el Reino está presente. La justicia, la paz, la misericordia son la presencia del Reino y los destinatarios de este don son los sencillos y los pobres. “Yo te alabo, Padre del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los humildes y sencillos. Sí Padre, así te ha parecido mejor… vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré…” (Mt 11,25-30)

 

Francisco nos anima

Francisco deseaba con todo su corazón, ver y experimentar la Encarnación y la Pasión de Jesús. Por eso se afanó en la representación del Belén viviente. “Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna forma con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno” (1Cel 84).

En Greccio se representa la Navidad. Jesús Niño, envuelto en pañales, se hace visible a los ojos de la humanidad que contempla. El Misterio de Dios hecho hombre se revela. Él siendo rico, se hace pobre por nosotros.

Esta realidad misteriosa, provoca en Francisco una ruptura con las comodidades de este mundo, para abrazar la pobreza de Dios desde la sencillez y el desprendimiento. Nada tendrá más valor para Francisco que el encuentro con Jesucristo pobre en su nacimiento y en su pasión y éste traducido en la cercanía a los despreciados y desposeídos de su tiempo. Francisco se convierte así en “el otro Cristo”, porque su corazón ardiente es expresión de su amor por Jesucristo. Por ello es capaz de salir por las calles y plazas a gritar desde lo profundo de su corazón que El Amor no es amado

 

La Esperanza nace donde hay un ardiente corazón

Me preguntaba entonces: ¿qué podemos hacer los hermanos menores para estar cerca de esta realidad evidente? Y tampoco alcanzaba a responderme.

Rápidamente me vino al recuerdo la Tercera Semana Teológica, las palabras de la teóloga Mariola López haciéndonos ver que la Iglesia, en concreto, la vida consagrada, necesita tener una nueva mirada de la realidad. Mirada limpia, cercana, compasiva y atrayente. En otras palabras, la mirada compasiva de Jesús.

Dentro de la misma semana teológica, el testimonio de Teresita Rivera, es algo que ha quedado resonando también en mí. Ella nos compartía su experiencia vocacional, centrada en la atención concreta a los excluidos en Natabuela, al recoger a toda persona que rueda en las calles como un desecho. Ha recogido así para atender con sus propias manos a una veintena de personas abandonadas y heridas de los caminos. Un encuentro real con Jesucristo en su casa de acogida llamada “el Siervo sufriente”. Más de una lágrima brotó aquella tarde de los ojos de las personas que participábamos de la Asamblea.  Y nos decíamos: “no ardía nuestro corazón mientras ella nos compartía su vivencia…?” Ciertamente que sí, el corazón ardía.

Hermanos, en nuestra Viceprovincia y más en concreto en y desde nuestras fraternidades, estamos llamados a hacer visible el amor de Dios en este mundo. Dejemos que nuestro corazón arda de pasión por el Dios de la vida. Dejemos que él nos transforme. Convirtamos nuestra vida en morada de Dios, pesebre acogedor donde la vida se propague. “Escuchemos a Dios donde la vida clama”. En esta Navidad estamos invitados, queridos hermanos, a redescubrir el sentido de nuestro estilo franciscano capuchino, poniéndonos en movimiento al encuentro con el hermano concreto de nuestra fraternidad y juntos en un mismo estilo de vida, al encuentro con los pobres y despreciados. Se trata ante todo de una invitación a dirigir una mirada llena de admiración al pesebre y a los sencillos lugares de nuestra tradición capuchina.

¡Feliz Navidad!

 

San Miguel de Bolívar, 15 de diciembre 2011

 

 

 

Hno. Vicente Quisirumbay, OFM cap.

Ministro Viceprovincial

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