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Espiritualidad del catequista,

desde el corazón del catequista

Por María de los Milagros Aulmann / Rosario (Argentina)

 

Me sedujiste Señor y me dejé seducir (Jer. 20,7)

catequista

Catequista:

Porque sintió su mirada, fue seducido, escuchó ‘¿me amas?’, y su invitación… y con corazón desbordante, o con un amor incipiente dijo ‘Sí, aquí estoy’. Y con generosidad y corazón inquieto le entregó su vida, invita y acompaña a otros al encuentro. Porque el encuentro le transformó el corazón, se alimenta con su pan que tiene sabor de sueños nuevos, largos y eternos.

Porque su pascua lo atraviesa, lo enciende; la alegría lo desborda; el horizonte se hace inmenso y es testigo apasionado de la Pascua, testigo de la belleza del misterio; porque sus pies fueron lavados, su vida restaurada, su espíritu enriquecido, sus lágrimas secadas.

Porque quien lo convoca es amigo, es maestro, es luz, es amor, es fiel, es buen pastor; sabe cerca suyo, tiene sus ojos fijos en Él, su corazón en Él, latiendo con el suyo; y se deja pastorear.

Porque descubrió el tesoro y lo quiere convidar; porque no puede callar y dejar de contar lo que ha visto y oído; lo que siente su corazón, lo que le transformó la vida; no puede dejar de decir ‘¡Jesucristo resucitado te ama y nunca te abandona!’

El Espíritu de amor que viene del Padre y el Hijo es lo que lo sostiene, lo impulsa, lo alienta. Es el latido del corazón de todo catequista; el abrazo amoroso de la comunidad trinitaria lo toma, lo atraviesa y lo transforma de tal manera que se hace perfume de vida; su cotidianidad, danza festiva (perijoresis); así, la espiritualidad del catequista, cual miróforas de la Pascua, perfume de Dios.

Esta espiritualidad-perfume se impregna solo cuando nos sumergimos en Él, en su misterio amoroso y nos dejamos tomar; cuando nos alimentamos en la escucha de la Palabra y las palabras de Dios, en la contemplación, en el servicio generoso que se hace anuncio, consuelo, abrigo, abrazo, compañía, camino.

Como ella, la señora del Sí, la que como nadie nos muestra el camino; la mujer de la escucha, la que celebra lo que Dios hace en Ella, contemplativa del misterio y de la vida, siempre atenta, cercana, servicial. La Madre que mueve tantos corazones, la que nos dice ‘hagan lo que Él les diga’, como hizo Ella, la de la ternura y el cariño maternal, la del dolor y la fiesta, siempre con oído y corazón de discípulo; la que nos ayuda a ensanchar el corazón y llevar a todos el mensaje de vida.

Este amasado espiritual del catequista, su camino de crecimiento, también es parte del diálogo amoroso que Dios mantiene con él y cuanto con aquellos a quienes llamó a compartir los secretos de su corazón. Es parte del camino que hace con quienes acompaña, no como maestro, sino como testigo, compañero de camino.

Diálogo amoroso, que es pasión; diálogo del Apasionado por el hombre con los apasionados, catequistas enamorados, entregados; ‘porque nadie me quita la vida, yo la doy (Jn 10,18)’. Misterio de amor: ‘Me amas? Tú lo sabes todo, sabes que te amo. Sígueme (Jn 21, 14-15)’.

Este camino de vida, de entrega, de diálogo amoroso nace, se construye, madura en una comunidad de discípulos que cree, ama, vive, celebra y anuncia el mensaje de Jesús; donde nos alimentamos, nos acompañamos y sostenemos, donde hay búsquedas y sueños, espiritualidad comunitaria.

El catequista, un seducido, un enamorado, un apasionado, testigo de la Pascua. El Papa Francisco ha creado el Ministerio laical de catequistas, un regalo, un don y dice ‘los catequistas viven la pasión por transmitir la fe como evangelizadores’.

 

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