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RETIRO DE NAVIDAD 2012

Washington Zapata


REALIDAD DE LA VIDA

Cada año por estas fechas recordamos y celebramos el nacimiento del niño Jesús en Belén de Judea. En esta época de Navidad, en el corazón de cada creyente reviven la alegría y la esperanza porque se percibe, de una manera más sensible, la ternura de Dios hecho hombre en la frágil figura de un niño, acercándose nuevamente a nuestra humanidad para iluminarla con su luz, para vivificarla, para llenarla de sentido y felicidad.

Algunos de los relatos bíblicos tanto del AT como del NT que hacen referencia a la llegada del Mesías, utilizan la antítesis tinieblas/luz para dar a conocer al pueblo lo que va a suponer la venida de ese Mesías prometido por Dios. Así, para el profeta Isaías, el Mesías aparecerá como “la gran luz que brilla en las tinieblas” (Is. 9,1). El evangelista Mateo, citando este mismo texto de Isaías presenta a Jesús, en el inicio de su predicación pública en Galilea, como “la luz que brilla sobre los que vivían en sombras de muerte” (Mt. 4,16). En el evangelio de Lucas encontramos el cántico del Benedictus en el que Zacarías se refiere a Jesús como “el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 78-79). Juan, en el prólogo de su evangelio afirma que la Palabra de Dios, Jesús “era la luz verdadera, la luz que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9) y, unos capítulos más adelante, Jesús mismo es el que se presenta como la luz del mundo “Yo soy la Luz del mundo” (Jn 8,12).

Desde esta perspectiva bíblica, el Mesías, Jesús, es la Luz que disipa las tinieblas del pecado en que se halla envuelta nuestra humanidad. El es el sol nacido de lo alto que ilumina con su luz a toda la tierra; Jesús es la luz que vence a las densas tinieblas de la noche y, con su luz, marca el inicio de un nuevo día.

Según lo dicho anteriormente, se puede entender con mayor claridad el porqué la Iglesia adoptó, sabiamente, la fecha del 25 de diciembre para celebrar el natalicio de nuestro Salvador. Todo esta relacionado con el sol, que con su luz ilumina al mundo y hace posible la vida. Sabemos que la Iglesia escogió esta fecha para celebrar el nacimiento de Jesús con la intención de cristianizar la fiesta pagana del nacimiento anual del dios-Sol que los pueblos paganos celebraban el 25 de diciembre, en el solsticio de invierno. De esta manera se promovió la conversión de estos pueblos paganos al cristianismo. Así mismo, en el Imperio Romano, las celebraciones de Saturno, que eran el acontecimiento social más importante, llegaban a su apogeo el 25 de diciembre durante la semana del solsticio. Para hacer más fácil que los romanos pudiesen convertirse al cristianismo sin abandonar sus festividades, el papa Julio I fijó en el 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado en esa misma fecha. Tomó esta fecha porque, en el calendario juliano, el solsticio de invierno ocurría en ese día, siendo este acontecimiento festejado por muchos pueblos del Hemisferio Norte como un nuevo renacer del ciclo de la vida. Finalmente, el Papa Liberio en el 354 decretó este día como la fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret.

La visión bíblica del Mesías como la luz que vence a las tinieblas y, el por qué la Tradición de la Iglesia celebra la Navidad en esta época del año, las he podido entender mejor desde el lugar geográfico en el que me encuentro; pues, en estas tierras, durante esta época, la oscuridad de la noche va ganado terreno a la luz del día, hay más horas de oscuridad que de luz. Hasta el 21 de diciembre los días se hacen más cortos, de hecho, la noche del 21 de diciembre es la más larga, pero a partir de allí, la luz comienza a ganarle espacio a la oscuridad, es decir, los días comienzan a hacerse más largos y las noches se acortan. Esto mismo es lo que sucede con la llegada del Hijo de Dios a nuestro mundo: las tinieblas desaparecen ante la presencia imponente del que es la Luz del mundo.

Para alguien que no está acostumbrado a esta realidad geográfica del norte, la época de invierno, marcada por el frío y la oscuridad, hacen que se espere con más ilusión la llegada de la primavera y el verano, donde nuevamente la vida despierta con fuerza y el gozo vuelve a la vida. Del mismo modo, me atrevo a pensar que el pueblo de Israel, agobiado como estaba por las humillaciones y la opresión en la que vivía, anhelaba con fuerza la llegada del Salvador prometido y anunciado por los profetas como “la gran luz” que viene a iluminar esas realidades de tinieblas en las que estaban sumergidos.

Tocado profundamente por esta realidad en la que me toca desenvolverme ahora, les propongo esta sencilla reflexión basada en la antítesis bíblica tinieblas/luz, con la esperanza de que les puede ayudar en algo en su vivencia navideña de este año.

ILUMINACION BIBLICA

“El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz…”. Is 9, 1.

Este versículo del profeta Isaías alude a una situación local e histórica concreta del pueblo de Israel. Isaías había anunciado la ruina del pueblo de Israel por haber prevaricado de los mandatos de Dios (Is. cap. 5 y 8). Es así que todo el norte del país (los territorios de Zabulón y Neftalí, Transjordania y Galilea), al caer bajo la dominación asiria, quedó sumergido en las tinieblas, antítesis de la luz.

Era grande la humillación o postergación en que vivían esas tribus. Sus territorios fueron devastados e invadidos por los asirios, que deportaron a su país cantidad de ciudadanos de Israel, y propiciaron las inmigraciones de gentiles: arameos e itureos, fenicios y griegos, que contagiaron su paganismo a los nativos. Todavía en tiempo de Jesús vivían allí con los judíos muchos gentiles, atraídos por el comercio, sobre todo en las ciudades de la Galilea superior, al otro lado del mar, llamada por eso Galilea de los gentiles. Por esta razón estas tribus eran humilladas y despreciadas por los mismos judíos, porque su fe judía se había adulterado con la mistificación religiosa. Esa es la razón por la que los judíos de Judea consideraban a los galileos como judíos de inferior categoría y casi herejes.

Es a este pueblo humillado al que ahora el mismo Isaías le anuncia su salvación, le habla del perdón de Dios con la venida del Mesías. El profeta describe la salvación de Dios como "la gran luz" que brilla en las tinieblas, para un pueblo que padecía la humillante opresión de sus invasores. La "luz grande" que verá ese pueblo esclavizado es la presencia de Dios que viene a salvarle y a poner en fuga a todos sus enemigos (Is. 10. 17). De manera que allí donde cundía la desesperación de los sometidos y dominaba el despotismo de los invasores, Dios se hará presente a través de su Mesías para restaurar la vida de su pueblo. Con este anuncio de salvación, Isaías deja en claro que la ira de Dios no es lo último en sus caminos inescrutables, sino la misericordia y la gracia. Pues, en los relatos bíblicos, el abandono de Dios nunca es definitivo, ya que el castigo siempre deja una puerta abierta a la esperanza y a la salvación. Si Dios castiga es para salvar, para invitar a la conversión, no "para arreglar cuentas".

La "luz grande" que brilla en la Galilea ocupada por los asirios de la que habla Isaías, es el anuncio de la verdadera luz que comenzará a brillar en estas mismas tierras cuando Jesús comience su misión de anuncio del Reino. Es Galilea (en el Norte de Palestina, donde se establecieron las tribus de Zabulón y de Neftalí) la tierra en sombras de muerte, donde el evangelista Mateo ubica el inicio del ministerio público de Jesús como cumplimiento de lo ya anunciado por el profeta Isaías. Jesús es esa “gran luz” que brilla para este pueblo que caminaba en tinieblas y en sombras de muerte.

Mateo afirma que Jesús, después del Bautismo y de la presentación que Juan hace de El como el Cordero de Dios, de su ayuno y oración de cuarenta días en el desierto, encarcelado Juan, Jesús comienza su predicación en Galilea. “Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea tierra de paganos. El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, una luz ha brillado. (Mt. 4,12-16)

Es muy significativo que Jesús empiece a actuar en un país pobre, humillado y heterodoxo, como acto profético anunciador de que ha venido en busca de los pobres, los humillados ¿y quiénes más pobres y humillados que los pecadores, que viven en sombras de muerte, carentes de todo bien, del supremo Bien? Dios ha querido acercarse a esa realidad de pecado, de pobreza y humillación para perdonar, para restablecer la dignidad del ser humano y levantarlo de su postración. El Señor "ensalzó a los humildes" (Lc 1,52), y allí comenzó a brillar una gran luz. Donde más extendidas estaban las tinieblas. Donde más falta hacía.

REFLEXION

Al igual que la Galilea sitiada por los asirios en tiempos de Isaías y, marginada por los judíos de Judea en tiempos de Jesús, nuestro mundo también se debate en medio de tinieblas y sombras; la oscuridad es nuestro eterno acompañante. Densa niebla envuelve las relaciones políticas entre el Norte y el Sur, entre el Este y el Oeste. En eterna humillación se encuentran los países subdesarrollados en sus relaciones con los poderosos y los "así llamados" pueblos más avanzados (tendríamos que preguntarnos, avanzados ¿en qué?, ¿en economía, ciencia y tecnología? Sí, pero también desarrollados en su forma refinada y diplomática de oprimir y esclavizar a los económicamente más débiles).

También experimentamos oscuridad en nuestras relaciones interpersonales, cada vez más interesadas y menos humanas. En noche cerrada, sin claroscuros lunares, caminamos pensando en el futuro de nuestro mundo, sin la luz suficiente para encontrar respuestas y soluciones a los problemas más acuciantes de nuestra sociedad. Las tinieblas han hecho presa fácil no solo de la ética de muchos líderes políticos sino también de algunos líderes religiosos. Frente a esta realidad cabe preguntarnos: ¿Estaremos condenados a vivir en densa tiniebla?, No. Nuestro mundo sueña con la luz que disipe nuestras tinieblas, con la paz como fruto de la justicia. La noche, la oscuridad, no pueden ser etapas definitivas. Al final de la oscura noche siempre despunta el alba de un nuevo día marcado por la presencia imponente del sol y su luz que lo ilumina todo.

Es necesario ver nuestra realidad con los ojos de fe, con esperanza, de manera que confiemos plenamente en que Dios no puede dejar a su pueblo sumido en las tinieblas. No lo hizo en ocasiones pasadas, tampoco lo va hacer ahora. Dios, a través de Isaías anunció a su pueblo la llegada de un niño, un niño que no era simplemente un ser humano, sino el Mesías, el Salvador prometido. Mateo vio en ese niño a Jesús, al Verbo Encarnado, el Dios hecho hombre. Y, para nosotros los cristianos, la persona de Jesús es la presencia liberadora de Dios. Con la llegada de Jesús comienza a brillar en nuestra tierra (nuestras vidas) la luz de la esperanza y la salvación. La luz que Cristo viene a difundir, no sólo es luz para caminar por la tierra bajo la iluminación de la ley natural, sino luz para conocer al Padre Misericordioso del que Jesús nos esta hablando y, animados por su amor, recibir la fortaleza, la alegría y paz para vivir según su voluntad, y conducirnos a la Jerusalén celestial, donde la Luz es la lámpara del Cordero (Ap 21,23), que antes ha disipado las tinieblas y quitado el pecado del mundo.

La persona de Jesús y su mensaje hecho vida en cada uno de sus discípulos es lo único que puede disipar las tinieblas que envuelven a nuestro mundo y restaurar y vivificar en el ser humano esas realidades personales que se encuentran en sombras de muerte. Cada uno sabe cuales son esas realidades personales que necesitan ser iluminadas y vivificadas por la Luz que nos trae el Hijo de Dios. Que en esta Navidad la luz de este niño que nos ha sido dado en Jesús, el sol de justicia nacido de lo alto, ilumine nuestras vidas, disipe en ellas las sombras de muerte y conduzca nuestros pasos por el camino de la paz. Y así, iluminada nuestra vida con la luz de Dios, reflejemos el brillo de su Luz inextinguible al mundo entero.

 

Feliz Navidad Hermanos

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